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Ahorrar es posible, si sabes cómo

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Ante épocas de incertidumbre económica, ya sea de carácter leve o grave, las reacciones de la sociedad se desarrollan en cadena. Las empresas buscan soluciones para aumentar los márgenes que aseguren su continuidad mientras que las personas reducen su consumo pensando en las consecuencias a medio/largo plazo. Ambas acciones corresponden a la adopción de políticas de ahorro, futuro colchón en posibles casos de empeoramiento de la economía.

La propia definición de ahorro, diferencia entre el ingreso disponible y el consumo, corresponde a un término aplicable tanto a niveles particulares como en empresas. Históricamente, ha sido uno de los objetivos más perseguidos y deseados, sobretodo ante épocas de desconcierto económico, aunque su consecución resulta de una elevada dificultad.

El reconocido gurú del management Tom Peters, afirmaba que el ser humano, tiene la tendencia al desaprovechamiento de los recursos que obtiene. Asimismo, a mayor proporción de recursos disponibles, mayor proporción del consumo de los mismos, por lo que el ahorro en estos casos es nulo. Esta tendencia empieza a acarrear serios problemas en distintos campos. En un principio, el objetivo de empresas y individuos es la consecución del ahorro, conociendo sus propias posibilidades reales. La dificultad reside en la aplicación práctica de los distintos métodos para conseguirlo.

El ahorro es posible, siempre que se conozcan los conceptos de “intención de compra”; “uso del producto/servicio”, “rentabilización y necesidad”. Estas tres ramas intentan identificar distintos aspectos psicológicos, económicos y sociales por los que se induce al consumo de determinados productos o servicios. De modo que, si el consumidor actúa con inteligencia, puede encontrarse efectuando una política de ahorro eficaz. Existen además otras técnicas o principios que apoyan a la consecución de ahorro, como por ejemplo el Principio de Pareto, basado en la regla 80:20. Afirmó que el 20% de la población mundial ostenta el 80% de la riqueza mundial, y viceversa. Este principio puede aplicarse en distintos casos, como por ejemplo, a niveles de imagen personal. Si en el caso que el 20% de nuestra ropa y complementos, la utilizamos un 80% del tiempo, el consumo o inversiones de este tipo de productos tiene que basarse en este principio para obtener unos productos que nos supongan ahorro, ya sea en la rentabilización de uso de la prenda o su propio precio de compra.

Los aspectos psicológicos también tienen relación con las compras compulsivas, muy perjudiciales para cualquier política personal de ahorro. Teniendo en cuenta que un individuo obtiene ingresos mediante el trabajo, nos basamos que su mayor activo es su tiempo, dedicado a generar dinero real invertido en horas de trabajo. Se pueden extraer distintos conceptos que se relacionan entre sí, como el coste de oportunidad o el coste que supone un producto/servicio comparado con las horas necesarias para generar dicha cantidad monetaria. En la actualidad tenemos múltiples herramientas en las que podemos basar nuestras propias políticas de ahorro. Un ejemplo claro sería la compra mediante Internet. Una tecnología al alcance casi generalizado, ofrece la posibilidad de realizar búsquedas de los mejores precios, en múltiples tiendas simultáneamente, ahorrando en desplazamientos y tiempo, aunque con el inconveniente del envío a domicilio, nos ahorraríamos también el margen de los minoristas.